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Crisis socioambientales y natalidad

Las crisis socio ambientales que el ser humano genera de tiempo atrás al planeta Tierra no
devienen exclusivamente del modelo de desarrollo extractivo, de su poder para transformar
entornos naturales, o porque su vida esté guiada más para satisfacer sus necesidades de consumo,
que para construir una relación inmanente con la Naturaleza. Hay algo más, de mucho más peso,
que hace que los efectos negativos que produce la presencia del ser humano en la tierra, sean
cada día más fuertes y difíciles de mitigar.

El asunto tiene profundas raíces1 culturales, y es justamente dentro de ese ámbito en el que
aparecería parte de la solución a los múltiples problemas ambientales que genera el ser humano al
habitar la tierra como lo viene haciendo: el factor fundamental que produce crisis socio
ambientales cada vez más fuertes y difíciles de sortear es el número de habitantes en el mundo. Es
decir, a los modelos de desarrollo y a la sociedad de consumo se suman el incremento de la
población mundial, circunstancia que amerita la atención política de organismos multilaterales,
como la ONU, y de todos los gobiernos del mundo. Aunque hay regiones en Europa del norte y
países como Canadá que le apuestan al repoblamiento por el natural envejecimiento de su
población, la mayor reproducción está entre comunidades pobres y vulnerables, que buscan
alcanzar las condiciones de vida de la llamada clase media, cuyos miembros parecen haber
tomado conciencia de la necesidad de disminuir el número de hijos por familia. Hay, entonces,
que cambiar la pirámide poblacional, cruzada con clase social.

Es importante discutir hoy a nivel mundial la posibilidad de disminuir por un tiempo prudencial,
quizás por 20 años o más, el nacimiento de más seres humanos, especialmente entre las
comunidades más pobres y que sobreviven en paupérrimas condiciones de vida. Una especie de
auto control o de control político de la natalidad, con el claro objetivo de frenar la presión que
sobre valiosos ecosistemas hacen los seres humanos. ¿Cómo hacerlo? Antes de medidas de fuerza
y de corte correctivo, hay que diseñar programas educativos y culturales, que permitan que los
más pobres comprendan que es urgente disminuir la tasa de natalidad, especialmente porque de
esa manera se está extiendo en el tiempo la exclusión social, económica, cultural y política. La
propuesta recoge un principio ambiental que se desprende de la cosmovisión de pueblos
indígenas y ancestrales: dejar descansar la tierra, rotar los cultivos y permitir la recuperación
natural de los ecosistemas, manteniendo al ser humano integrado, lo que asegura la
consolidación de una relación consustancial con los entornos naturales.
De esta manera, al disminuir la población mundial, la presión sobre los ecosistemas naturales
disminuiría y se dejaría que los ciclos de vida de dichos entornos hagan la tarea de recuperar las
condiciones que han sido afectadas por la presencia del ser humano y de sus actividades
productivas.

Para el caso de Colombia es importante pensar la propuesta de controlar la población, dado que el
Estado es débil y precario y deviene capturado por reducidas élites de poder que lo único que
buscan es perpetuar y ampliar sus intereses corporativos y garantizar sus privilegios de clase. Se
suma a ello, que el grueso de la sociedad colombiana desconoce, desestima o se muestra
indiferente frente a los problemas de abastecimiento de agua potable que el país y el mundo
afrontará y que incluso, ya está afrontando. Y no se puede dejar de señalar que la sociedad
colombiana está profundamente dividida en clases sociales, con la consecuente discriminación
social, económica, política, cultural y étnica de amplios sectores poblacionales que sobreviven en
medio de la pobreza, la precariedad cultural y condiciones de vulnerabilidad. Por ello, hay que
pensar en la necesidad de que los pobres se reproduzcan de manera autocontrolada, con base en
un proceso de concientización a través del cual comprendan que la discriminación y la falta de
oportunidades seguirán extendiéndose por generaciones, mientras ellos sobrevivan en
condiciones de pobreza. De igual manera, hay que educar tanto a los miembros de la clase media y
alta para que disminuyan sus expectativas de consumo.

Dadas esas circunstancias, Colombia es el escenario propicio para cambiar o modificar los
presentes imaginarios individuales y colectivos alrededor del sentido de la vida, representado en la
popular sentencia: casarse, formar una familia y tener hijos. Detener por un tiempo la
procreación, permitiría, por ejemplo, que las nuevas familias adoptaran menores a los que se les
pueden brindar mejores condiciones de vida. Con ese sentido de la realización humana, social y
universalmente aceptada (impuesta por la cultura dominante), el ser humano se posa en el
planeta como una suerte de especie insaciable y depredadora, que actúa con el único control
posible: su finitud.

El asunto del auto control de la natalidad concentra una gran sensibilidad psicológica, social,
cultural, económica, política y por supuesto, religiosa. El auto control y/o el control estatal
(político) sobre la procreación bien pueden convertirse en acciones viables con las que sea posible
mitigar los efectos negativos que genera la especie humana sobre cualquier ecosistema natural.
La discusión es necesaria darla, en el marco de una revolución cultural que nos debe llevar a
modificar sustancialmente el tipo de relación que hemos establecido con la Naturaleza. Para ello,
es importante que las iglesias ayuden y en el caso colombiano en especial la católica, promoviendo
en sus fieles y seguidores una pregunta clave: ¿es posible reproducirse a conciencia, de forma que
la cantidad controlada de seres humanos no afecte los ecosistemas naturales y promueva la
convivencia social? De igual manera, se necesitará del concurso de banqueros y de todos aquellos
aupadores del sistema capitalista, para quienes la reproducción humana tiene el claro objetivo de
lograr más y mejores consumidores. Y no se puede dejar de decir que en países con altos índices
de concentración de la riqueza, como Colombia, la reproducción humana está pensada para
asegurar mano de obra barata, lista para explotar.

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