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La Feria, Perú y las mariposas

La Feria, Perú y las mariposas

Este año sobre el cielo plomizo de Corferias en Bogotá revolotearon además de libros, autores, lectores, promociones, compradores, piscos y seviches peruanos, pizcos de otras latitudes y de todas las pelambres, y carteristas -todo hay que decirlo-, las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia. Repetir que la Feria Internacional del Libro es la fiesta más grande de las letras nacionales, es desconocer que junto a la de Guadalajara en México y Buenos Aires en Argentina, hace parte de la trilogía textual más importante de América Latina. Pero claro, como no hay dicha perfecta, La Feria  ha comenzado a padecer los rigores de la edad con tan solo 27 años.

 

La situación no es -ni mucho menos- tan trágica como la del Club de los 27, una expresión utilizada para referirse a varios artistas de la música que abandonaron el plano terrenal a esa edad y hoy son considerados verdaderos íconos mundiales, leyendas urbanas de la popularidad. No, la situación de la Feria es diferente, aunque paradójica. Mientras se consolida como negocio, pareciera apagarse como escenario literario, pues sin duda es cultural. Es cierto que prevalecen las charlas y los talleres, las conferencias y los recitales, los conversatorios y los debates, pero las cifras, los precios y novelería -entre turística y esnobista- que se percibe, la ha ido llevando por el camino del simple show publicista y el espectáculo de mercado.

 

Repudiar que se ha ido consolidando como un negocio inmejorable,  sería como no aceptar que en la FILBO se ha logrado el milagro de una amalgama que ni los alquimistas hubieran imaginado posible: letras y rentabilidad. De las artes y la cultura, todos sabemos, hace siglos tienen una connivencia algo incestuosa. Mecenas que buscan redimirse al lado de los escritores y escritores que lamen la mano poderosa que les es tendida. A veces, otras cosas. El problema no es que la Feria se comercialice, tampoco que se mercantilice, pero sí que terminen siendo más importantes y concurridas, las zonas comunes de tránsito, repletas de estatuas humanas que mendigan algunas monedas, de fotógrafos que disparan su flashes y sus precios, de puestos ambulantes que ofrecen licores, helados, obleas, palomitas de maíz y tienen como colofón, una plazoleta de comidas tan atiborrada como costosa.

 

En la Feria cada vez hay más gente afuera que en los pabellones, cada vez se compra más y se lee menos, cada vez hay más autores que dicen lo mismo y menos voces nuevas que lleguen a oxigenarla, cada vez hay más circo y menos teatro, cada vez más espectáculo y menos contenido. Hordas de pequeños uniformados -desde maternos a bachilleres- la recorren para pescar separadores que las editoriales reparten como arroz, chino. Y los universitarios, pues ahí, obnubilados, sometidos a la tiranía de los iPod y los IPhone y toda esa suerte de aparatología prodigiosa e insulsa que graba, registra, fotografía, comparte, edita y se pierde en la inmensidad de esa autopista ahíta y efímera. Deambulan atrapados por las redes de la maledicencia y esa necesidad de aparecer y figurar en esa inmensa realidad virtual. Van para comprobar que ese objeto arcaico aún se vende y que cientos de miles caben en su Tablet.

 

Interminables son las filas al frente del pabellón de las promociones para comprar libros como si los vendieran por kilos o por metros. Y los compran por razones tan diversas como reprochables: para sentirse educados y cultos, los vanidosos intelectuales; para tenerlos, los hedonistas posesivos; para regalarlos, los ilusos irremediables; para decorar bibliotecas, los imbéciles que confunden estética con belleza; para llenar estanterías en promoción, los que tienen profundos vacíos conceptuales; y solo algunos los compran para leerlos. Esos adictos apasionados, esos locos anclados en las huestes del pasado, esos cultores de Isaac Asimov y su máquina perfecta, su artefacto invencible, que funciona sin cables, sin baterías, si códigos, sin teclados: el libro, ese portátil perfecto que se lleva consigo y se abre y cierra movido solo por la voluntad placentera de la lectura.

 

En medio de ese panorama, lleno de caricaturas y saltimbanquis, emerge claro, la literatura. Cada editorial hace su mejor esfuerzo por colgar su cinta y atrapar sus moscas. Casi todo el mundo en Bogotá se viste de negro o de colores muy oscuros. Han de saber en el fondo de su alma que el frío es pariente de la muerte. Y revolotean y zumban, y después de algunas horas uno comienza a ver a los mismos, mientras se cruza con un actor, con una vedette de la televisión, con un todopoderoso de la radio, con un escritor, con un poeta, y si ese día se levantó con el pie izquierdo, con un político o un expresidente. Nadie quiere perdérsela, es la reina de recinto y de todas las exposiciones que allí se realizan.

 

Párrafo aparte merece el pabellón de Perú, el invitado de honor. Tal fue la importancia que los herederos de los incas dieron al evento, que la apertura dejó ver juntos a Ollanta Humala, presidente de la república; a la ministra de cultura Diana Álvarez; y al Premio Nobel Mario Vargas Llosa. Una muestra fotográfica que exalta la cultura popular, colorida, auténtica y sinigual; una oferta literaria que recorre y agotó los Ríos Profundos de Arguedas; que curó La amigdalitis de Tarzán de Alfredo Brice Echenique; y los relatos frescos de Santiago Roncagliolo, entre otros 60 escritores. Música, gastronomía e historia.

 

Y mientras tanto en todos los lugares, en carátulas y páginas, en stands y cafeterías, en amplificadores y micrófonos, en paredes y en afiches, en murales y pendones, en vasos y servilletas, en bocas, en alientos, en ojos, en miradas, en corazones, en suspiros, en la mente de todos revoloteaba Gabriel García Márquez rodeado por sus mariposas amarillas. Ese símbolo de la mala suerte que él convirtió en metáfora del amor tormentoso, rebelde e inigualable, entre Meme y Mauricio Babilonia. Porque de todas las parejas que se aman en Cien años de soledad, ninguna como ésta desafía tanto los obstáculos y las diferencias en apariencia discordantes.

 

Cuando me disponía a salir de la Feria, me topé con un libro de Raúl Gómez Jattin, el loco genial, y me estremeció un poema redentor que justifica con creces mi regreso a ella siempre:

 

Ayer no más

 

soñaba contigo

 

y hoy te apareces

 

tan real

 

como las mariposas en el patio.

 

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